Estados Unidos de América no ha invadido México en la actualidad no por falta de ambición geopolítica, sino porque la relación entre ambos países es mucho más compleja de lo que suelen admitir los discursos imperialistas. Dentro de sus propias fronteras viven cerca de 40 millones de personas de origen mexicano, una comunidad que sostiene parte de su economía, su fuerza laboral, su cultura y su vida cotidiana. México no está fuera de Estados Unidos: México también vive dentro de Estados Unidos.

A pesar de los problemas profundos que enfrenta el país, entre ellos la violencia del crimen organizado, México sigue siendo una de las naciones más importantes y estables de América Latina por su peso económico, su población, su posición geográfica, su industria, su relación comercial con Norteamérica y su capacidad diplomática. Esa estabilidad no significa ausencia de crisis, pero sí demuestra que México no es un Estado fallido, como muchas veces se intenta presentar desde ciertos sectores políticos y mediáticos estadounidenses.

La violencia que golpea a México tampoco puede analizarse sin señalar la responsabilidad directa de Estados Unidos. Más del 70% de las armas recuperadas en México y rastreadas oficialmente tienen origen en ventas realizadas en Estados Unidos, y diversas estimaciones han señalado durante años que el flujo de armas desde ese país alimenta de manera sistemática el poder de fuego del crimen organizado. Es decir: mientras desde Washington se acusa a México por la violencia, desde el propio territorio estadounidense salen miles de armas que terminan en manos de grupos criminales.

Esta contradicción es brutal: México pone los muertos, las familias desplazadas, las desapariciones, las comunidades tomadas por la violencia; mientras la industria armamentista estadounidense obtiene ganancias y sus leyes permisivas facilitan el tráfico de armas hacia el sur. Hablar de seguridad regional sin hablar del negocio de las armas en Estados Unidos es una hipocresía política.

La historia también pesa. En 1848, tras la guerra entre México y Estados Unidos, el Tratado de Guadalupe Hidalgo obligó a México a ceder más de la mitad de su territorio. California, Nevada, Utah, Nuevo México, gran parte de Arizona y Colorado, y partes de Oklahoma, Kansas y Wyoming pasaron a manos estadounidenses. No fue un simple “acuerdo territorial”: fue una pérdida histórica derivada de una guerra de expansión.

Por eso, cuando hoy Estados Unidos amenaza, condiciona, presiona o intenta imponer su agenda sobre México, no se puede leer como un hecho aislado. Forma parte de una larga historia de intervencionismo, apropiación territorial, control económico y ambición sobre los recursos estratégicos de América Latina. La insaciable hambre de poder del vecino país no desapareció: solo cambió de lenguaje. Antes se hablaba de conquista; hoy se habla de seguridad, migración, comercio, inversión o cooperación.

México debe mirar esta realidad con inteligencia estratégica. No se trata de romper relaciones con Estados Unidos, porque la relación económica, social y fronteriza es inevitable; se trata de no depender de un solo país. México debe fortalecer su soberanía, diversificar sus acuerdos comerciales, ampliar alianzas con América Latina, Europa, Asia y África, impulsar su industria nacional, proteger sus recursos naturales y defender una política exterior basada en dignidad, memoria histórica y autonomía.

La respuesta de México no debe ser el aislamiento, sino la diversificación. No debe ser la sumisión, sino la negociación firme. No debe ser el olvido histórico, sino la conciencia de que un país sin memoria queda condenado a repetir las mismas pérdidas.

México tiene población, territorio, cultura, recursos, ubicación estratégica y una diáspora poderosa. Lo que necesita es convertir esa fuerza en una política de Estado que defienda su soberanía frente a cualquier intento de presión extranjera. Porque México no es patio trasero de nadie. México es una nación con historia, dignidad y futuro propio

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Por Jazz Bustamante H.

Es una mujer transgenero,Activista social, ambientalista, política y periodista digital mexicana, actualmente laborando como voluntaria en diversas organizaciones de caridad en Canadá apoyando migrantes y personas LGBTIQ+.

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