América Latina vuelve a estar frente a una vieja pesadilla con maquillaje nuevo: la injerencia extranjera presentada como “defensa de la democracia”, la guerra mediática vendida como “libertad de expresión” y el uso del miedo como herramienta para disciplinar pueblos enteros.

La nueva filtración conocida como Hondurasgate, difundida por Diario Red, coloca en el centro de la escena al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, un personaje que pasó de ser aliado estratégico de Washington a condenado por narcotráfico en Estados Unidos, y después, nuevamente, pieza política útil tras recibir un perdón presidencial de Donald Trump. Hernández había sido sentenciado en 2024 a 45 años de prisión por conspirar para importar cocaína a Estados Unidos; en diciembre de 2025 fue indultado por Trump, según reportó Reuters.

La pregunta incómoda es brutal: ¿qué clase de democracia se defiende reciclando operadores políticos vinculados al narcotráfico, financiando campañas de desinformación y apuntando contra gobiernos latinoamericanos elegidos en las urnas?

Audios, dinero y guerra sucia: el corazón de Hondurasgate

De acuerdo con la publicación de Diario Red, los nuevos audios atribuidos a conversaciones entre Juan Orlando Hernández, Nasry Asfura y María Antonieta Mejía revelarían la creación de una estructura de comunicación política destinada a atacar mediáticamente a los gobiernos de Claudia Sheinbaum en México y Gustavo Petro en Colombia. La nota sostiene que se habló de montar una “unidad de periodismo digital” desde Estados Unidos, con financiamiento hondureño y apoyo atribuido a sectores republicanos y al entorno de Javier Milei.

La operación, según esos audios, no sería una simple campaña de redes ni una guerra de memes mal hechos por bots con foto de bandera. Sería una estrategia de desestabilización regional: fabricar expedientes, instalar narrativas, golpear reputaciones y preparar el terreno para que la derecha continental vuelva a vender el mismo producto tóxico de siempre: autoritarismo con Biblia, mercado y uniforme militar.

Y aquí está lo peligroso: cuando el poder no puede ganar la conversación democrática, inventa enemigos. Si no puede derrotar proyectos políticos en las urnas, los acusa de narcos, comunistas, terroristas o traidores. Es el manual de siempre, pero ahora con audios, plataformas digitales y financiamiento opaco.

México y Colombia en el punto de mira

La filtración llega en un momento de enorme tensión regional. Trump ha endurecido su discurso contra México bajo el argumento de combatir a los cárteles. En enero de 2026, Reuters reportó que Trump habló de “golpear tierra” respecto a los cárteles, mientras Claudia Sheinbaum insistió en coordinación bilateral, pero sin intervención militar estadounidense.

Colombia también ha sido blanco de una escalada política. En octubre de 2025, Estados Unidos sancionó al presidente Gustavo Petro, acusándolo de permitir la expansión del narcotráfico; Petro rechazó las acusaciones y defendió los decomisos récord de su gobierno, según Reuters.

Visto en conjunto, Hondurasgate no aparece como un episodio aislado. Parece una pieza más de un tablero donde la palabra “narcotráfico” se usa selectivamente: contra gobiernos incómodos se convierte en amenaza militar; contra aliados útiles, puede terminar en indulto.

Esa doble moral es el verdadero escándalo.

Honduras como laboratorio de control

La trama también toca un punto histórico: Honduras ha sido durante décadas un enclave estratégico para Estados Unidos en Centroamérica. La Joint Task Force-Bravo opera desde la base aérea Soto Cano, una instalación hondureña donde se mantiene presencia militar estadounidense bajo el Comando Sur.

Por eso, cuando los audios mencionan bases militares, ZEDES, control territorial, inversiones estratégicas y alineamiento geopolítico, no estamos hablando de fantasías conspirativas lanzadas al aire. Estamos hablando de una región históricamente usada como laboratorio de control político, económico y militar.

Las Zonas de Empleo y Desarrollo Económico —conocidas como ZEDES— han sido duramente cuestionadas en Honduras porque abren la puerta a modelos de privatización territorial, donde empresas e inversionistas pueden adquirir niveles extremos de autonomía frente al Estado. En lenguaje simple: pedazos de país convertidos en negocio.

Y cuando un país se parte en pedazos para venderlo mejor, el pueblo queda mirando desde afuera de su propia casa.

La maquinaria religiosa y mediática

Uno de los elementos más alarmantes de la publicación de Diario Red es la supuesta utilización de iglesias evangélicas como brazo cultural de la operación. Según la nota, los audios hablarían de “alinear” iglesias para construir una narrativa contra la izquierda y borrar responsabilidades del pasado.

Esto no es nuevo en América Latina. La derecha radical entendió hace años que no basta con controlar partidos políticos: necesita controlar emociones, miedos, culpas, prejuicios y discursos morales. Por eso mezcla religión con odio, “familia” con autoritarismo, “libertad” con censura y “democracia” con persecución.

No buscan convencer: buscan domesticar.

No buscan informar: buscan intoxicar.

No buscan salvar almas: buscan votos, territorios y obediencia.

El indulto como mensaje político

El perdón otorgado por Trump a Juan Orlando Hernández no puede leerse como un gesto menor. Reuters reportó que Hernández fue liberado tras recibir el indulto presidencial, pese a haber sido condenado a 45 años por conspiración para importar toneladas de cocaína a Estados Unidos.

Además, Reuters informó que Nasry Asfura, candidato conservador respaldado por Trump, fue declarado ganador de la presidencia de Honduras en diciembre de 2025 tras una elección marcada por demoras, problemas técnicos y denuncias de fraude.

La coincidencia política es demasiado grande para ignorarla: un expresidente condenado por narcotráfico es indultado; un candidato respaldado por Trump gana en un proceso cuestionado; luego aparecen audios que, según Diario Red, lo conectan con planes de guerra mediática regional.

El mensaje es feroz: para la nueva derecha continental, la impunidad no es accidente. Es método.

América Latina no puede mirar hacia otro lado

Hondurasgate debe investigarse a fondo, con rigor, con verificación técnica de los audios y con responsabilidad periodística. Pero también con memoria histórica. Porque nuestra región sabe demasiado bien lo que ocurre cuando se mezclan embajadas, militares, iglesias, empresarios, operadores digitales y políticos dispuestos a quemar la democracia para llegar al poder.

México y Colombia no solo aparecen como blancos de una campaña. Aparecen como símbolos de una disputa continental: soberanía o subordinación; democracia popular o tutelaje extranjero; integración latinoamericana o regreso al patio trasero.

Y aquí hay que decirlo sin miedo: América Latina no necesita salvadores imperiales. Necesita justicia social, soberanía, memoria, derechos humanos y pueblos organizados.

La derecha radical quiere convencernos de que la amenaza son los gobiernos progresistas, las feministas, las personas migrantes, las comunidades LGBTIQ+, los pueblos indígenas, las juventudes críticas y quienes defienden la vida. Pero la verdadera amenaza es otra: una maquinaria transnacional que fabrica odio, compra medios, bendice violencia y llama “libertad” a la obediencia.

Hondurasgate no es solo una filtración. Es una advertencia.

Cuando el poder empieza a hablar de “orden”, “limpieza”, “Dios”, “patria” y “seguridad” mientras mueve dinero oscuro y prepara campañas de desinformación, los pueblos deben encender todas las alarmas.

La historia ya nos enseñó algo:
cuando la derecha imperial dice que viene a salvar la democracia, casi siempre trae una bota escondida debajo del escritorio.

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Por Jazz Bustamante H.

Es una mujer transgenero,Activista social, ambientalista, política y periodista digital mexicana, actualmente laborando como voluntaria en diversas organizaciones de caridad en Canadá apoyando migrantes y personas LGBTIQ+.

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