«Es tiempo de mujeres»

Durante el periodo comprendido entre enero y octubre de 2025, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública reportó que en México 5,020 mujeres fueron asesinadas. De ese total, solo 597 casos fueron tipificados como feminicidio.

La cifra, por sí sola, retrata una realidad incómoda: la violencia contra las mujeres sigue siendo una constante brutal en el país.

Y aunque en los últimos años se han impulsado reformas legales más severas, políticas públicas con perspectiva de género y una creciente movilización social, la violencia letal no cede.

México atraviesa una de las etapas más complejas en materia de seguridad. Sin embargo, más allá de la violencia generalizada, persiste un problema estructural: la debilidad en la impartición de justicia, la prevención del delito y la enorme impunidad que rodea a la violencia de género. Esa deuda sigue pendiente en los tres niveles de gobierno.

El miedo continúa siendo uno de los principales obstáculos para denunciar. Muchas mujeres saben que levantar la voz puede significar exponerse aún más. Y cuando finalmente lo hacen, el sistema con frecuencia llega tarde o simplemente no llega. La escasez de refugios, la falta de medidas de protección eficaces, la burocracia institucional y la limitada capacidad de respuesta del Estado dejan a muchas víctimas en una situación de vulnerabilidad extrema que, en demasiados casos, termina de la peor manera.

Pero el problema no comienza con el feminicidio, empieza mucho antes.. con el silencio ,
en hogares donde la violencia se normaliza, donde los insultos, los empujones o el control se disfrazan de “problemas de pareja”.

Empieza cuando las señales de alerta aparecen —en un esposo, un novio, incluso en dinámicas familiares— y se minimizan porque “no es para tanto”.

El silencio también se sostiene con la indiferencia social. ¿Cuántas veces vecinos escuchan los gritos de una mujer siendo agredida y deciden no intervenir? ¿Cuántas veces se normaliza la violencia doméstica como un asunto privado? Esa omisión colectiva también forma parte del problema.

Y aunque cada 8 de marzo, durante el «Día Internacional de la Mujer», miles de mujeres toman las calles para exigir justicia, la transformación social no puede limitarse a un solo día al año.

La protesta es necesaria y la indignación es legítima.
Pero también hace falta organización, acompañamiento y comunidad.

El activismo feminista no puede agotarse en pintar bardas, derribar vallas o hacer visible el enojo —acciones que, en su contexto, pueden tener un sentido político—, pero que por sí solas no alcanzan para cambiar la realidad. Hace falta algo más profundo: redes de apoyo, asesoría, acompañamiento a víctimas y presencia constante en los espacios donde la violencia se gesta. » No solo lloren y griten por las muertas , cuiden y cobijen a las que aún siguen vivas , clamando ayuda»…

Porque la violencia ocurre en casa, en el trabajo, en las escuelas, en la calle. Y enfrentarla requiere mucho más que consignas: requiere estructuras de apoyo reales.
Por su parte, las instituciones tienen una responsabilidad ineludible: pasar del discurso a la acción. Combatir la impunidad debe ser la prioridad. Cada denuncia debe traducirse en protección efectiva, en seguimiento real y en garantías para que ninguna mujer quede sola frente a su agresor.

Porque vivir con miedo no es vivir.

El feminicidio es la manifestación más extrema de una cadena de violencias que atraviesan la vida de millones de mujeres en México. Niñas y adolescentes también enfrentan cifras alarmantes de agresiones.

A esto se suma otra herida abierta: el creciente número de mujeres desaparecidas, una tragedia que debería indignar a todo el país.

Entidades como el Estado de México, Sinaloa, Ciudad de México, Veracruz y Chihuahua continúan figurando entre las más violentas para las mujeres. Varias de ellas cuentan desde hace años con alertas de violencia de género, instrumentos que en muchos casos han sido ignorados o aplicados de forma superficial por los propios gobiernos.
Hoy se repite con frecuencia una frase: “Es tiempo de las mujeres”…
Y lo es.
Pero ese tiempo no puede existir plenamente mientras la violencia siga siendo parte de la vida cotidiana. Hablar del tiempo de las mujeres también implica hablar de su derecho a vivir sin miedo, a denunciar sin quedar expuestas y a que el Estado garantice algo tan básico como su seguridad.
Porque ningún avance será completo si la vida de las mujeres sigue estando en riesgo.

Toda la información vertida en esta columna de opinión son responsabilidad del autor.

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Por miguel Angel Llinas Gonzales

Miguel Ángel Llinás González es un,escritor, poeta y activista veracruzano actual director de la asociación civil Soy Humano, dedicada a la defensa de los derechos de la comunidad LGBTIQ+ en el estado de Veracruz Mexico.

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