La violencia armada irrumpió este lunes 20 de abril de 2026 en uno de los espacios patrimoniales más importantes de México. Un hombre abrió fuego contra turistas en la zona arqueológica de Teotihuacán, desde las inmediaciones de la Pirámide de la Luna, provocando pánico entre visitantes nacionales y extranjeros, dejando como saldo dos personas muertas, entre ellas una turista canadiense, además de varias personas heridas.

El ataque ocurrió en uno de los sitios arqueológicos más visitados del país, un lugar que en 2025 recibió cerca de 1.8 millones de visitantes, lo que vuelve aún más grave que un hecho de esta magnitud haya ocurrido en plena jornada turística. Testimonios y videos difundidos tras la agresión muestran escenas de caos, personas tiradas en el suelo intentando protegerse y visitantes corriendo para ponerse a salvo mientras se escuchaban disparos.

De acuerdo con reportes posteriores, el agresor fue identificado como Julio César N, un hombre mexicano de 27 años. El País reportó que llevaba consigo una identificación oficial que lo ubicaba como residente de la alcaldía Gustavo A. Madero, en Ciudad de México. Milenio lo identifica como Julio César Jasso Ramírez, también de 27 años, y señala que al momento del ataque vestía ropa tipo táctica militar, botas negras, una pulsera con cráneos y un cronómetro que marcaba cero.

Sobre su perfil, Milenio publicó además que en redes sociales el atacante hacía referencias a Adolfo Hitler y que cerca del lugar del ataque fue encontrada una imagen elaborada con inteligencia artificial en la que simulaba acompañar a autores de una masacre escolar ocurrida en Estados Unidos en 1999. Ese dato forma parte del perfil preliminar difundido por ese medio y ayuda a dimensionar elementos de posible radicalización o fascinación con la violencia, aunque las autoridades todavía deben esclarecer oficialmente su motivación y contexto.

También persisten diferencias entre reportes sobre la forma en que murió el atacante. El Gabinete de Seguridad, según versiones recogidas por Milenio y El País, indicó inicialmente que el hombre se quitó la vida tras disparar contra los turistas. Sin embargo, El País añadió que la Guardia Nacional confirmó haber abierto fuego contra él, sin aclarar si uno de esos disparos fue el que lo abatió. Reuters también reportó, con base en autoridades, que el agresor murió después del ataque, pero sin resolver por completo esa discrepancia en las primeras horas.

La cifra de personas lesionadas también ha variado entre medios conforme avanzó la cobertura. Reuters informó inicialmente que, además de la mujer canadiense asesinada, hubo cuatro personas heridas. El País reportó después al menos 13 heridos, incluyendo lesionados por impactos, caídas y crisis nerviosas durante la estampida. Esa diferencia refleja que el saldo seguía actualizándose mientras autoridades y servicios de emergencia atendían la zona.

El ataque exhibe la fragilidad de la seguridad en espacios turísticos y culturales que deberían estar protegidos de forma estricta. Que una agresión armada haya alcanzado a visitantes en un sitio histórico de esta relevancia lanza una señal grave sobre la capacidad institucional para prevenir hechos de violencia incluso en lugares de alto valor simbólico y económico para el país.

Más allá del morbo y la circulación acelerada de versiones en redes sociales, el caso exige una investigación seria, transparencia en los datos oficiales y una revisión profunda de los protocolos de vigilancia en zonas arqueológicas. La muerte de una turista canadiense y las heridas sufridas por otras personas dejan una herida que rebasa el hecho policial: golpean la imagen internacional del país y recuerdan que la violencia sigue filtrándose incluso en espacios dedicados a la memoria, la historia y el encuentro cultural.

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Por Jazz Bustamante H.

Es una mujer transgenero,Activista social, ambientalista, política y periodista digital mexicana, actualmente laborando como voluntaria en diversas organizaciones de caridad en Canadá apoyando migrantes y personas LGBTIQ+.

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