Si bien mi relación con mi papá y mi mamá es muy buena, debo decir que con mi madre existió siempre un apego enorme, casi espiritual. Con mi papá la relación ha sido de cordialidad, respeto y admiración; pero con mi mamá fue distinto: fue el sincretismo religioso católico mezclado con las enseñanzas milenarias de la herbolaria, saber el nombre de cada planta, de cada hierba medicinal y sus usos; fue el campo, la cocina mexicana ancestral, el olor de la tierra, los remedios caseros, el cuidado, el drama y también el capricho ocasional.
Al venir de una familia enorme, una aprende desde pequeña que también hay que luchar por atención. Yo decidí refugiarme en los libros y en la naturaleza. Ahí encontré una forma de existir, de resistir y de entender el mundo.
Ver a mi mamá envejecer, al igual que a mi papá, me causa una rabia profunda, porque en este mundo envejecer también nos recuerda que el tiempo se agota. Pero así es este plano: nadie sabe cuándo cruzaremos el umbral de la muerte física.
Vivir en el extranjero me ha dado una perspectiva completamente distinta. He crecido tanto emocionalmente que a veces parezco de hierro, pero hay un punto que me rompe, que me mueve y me devuelve a lo más humano: mi mamá y mi papá. A ellos, quizá, no les he dado suficiente amor por estar entre eventos, reuniones, proyectos, luchas y responsabilidades.
Mi plan de vida ha cambiado. Hoy quiero abrirle paso a algo más importante: la calidad del tiempo con mi familia. Porque al final, lo que permanece no son las agendas llenas, sino los abrazos pendientes, las llamadas que sí hicimos, las conversaciones largas, las risas, la comida compartida y la presencia.
Por eso me cuesta tanto entender a las ideologías de ultraderecha y derecha que se adjudican el concepto de “familia”, como si el amor les perteneciera. Como si solo hubiera una forma válida de amar, cuidar o construir un hogar.
La realidad es que existen millones de familias liberales, diversas, reconstituidas, migrantes, elegidas, LGBT+, monoparentales, extendidas y profundamente amorosas que también sostienen con dignidad su entorno familiar.
Por eso es tan peligroso intentar encerrar el amor familiar dentro de una ideología, una religión o un solo modelo de vida. La familia no le pertenece a ningún partido, a ninguna doctrina ni a ningún grupo político.
El amor y las familias rompen esas fronteras.
Porque la familia, cuando nace del cuidado, la memoria, la presencia y la dignidad, es algo mucho más grande que cualquier ideología.
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