Erika Hilton y la furia ultraconservadora: cuando una mujer trans preside la Comisión de la Mujer en Brasil, lo que tiembla es el privilegio

La llegada de Erika Hilton a la presidencia de la Comisión de Defensa de los Derechos de la Mujer en Brasil no desató una simple controversia legislativa. Lo que abrió fue una fractura visible en el pacto conservador que durante décadas ha querido decidir quién cuenta como mujer, quién puede hablar en nombre de las mujeres y quién tiene derecho a ocupar el poder.

La elección de Erika Hilton, diputada federal del PSOL por São Paulo, como presidenta de la Comisión de Defensa de los Derechos de la Mujer de la Cámara de Diputados de Brasil, marca un momento político de enorme potencia simbólica y material. No sólo por tratarse de una legisladora trans, sino porque su nombramiento golpea de frente uno de los núcleos más duros del conservadurismo latinoamericano: el control patriarcal sobre los cuerpos, la representación y la legitimidad política.

Hilton fue elegida el 11 de marzo de 2026 con 11 votos a favor y 10 en blanco, convirtiéndose en la primera mujer trans en presidir esa comisión parlamentaria. Desde su toma de posesión dejó claro que su gestión buscará atender a todas las mujeres, con énfasis en la fiscalización de la red de protección, el combate a la violencia política de género y el impulso de políticas de salud integral.

No les molesta una contradicción: les molesta que una mujer trans tenga poder

La reacción de la derecha brasileña no tardó en llegar. Sectores conservadores dentro y fuera del Congreso intentaron deslegitimar su elección bajo el viejo argumento de que una comisión sobre derechos de las mujeres debería estar encabezada por una mujer cisgénero.

Pero aquí conviene decir las cosas con claridad: no se trató de una objeción jurídica ni de una discusión institucional seria. Fue una respuesta ideológica, transfóbica y profundamente misógina. Lo que irrita a ese bloque político no es una supuesta “inconsistencia” en la representación; lo que realmente les resulta intolerable es que una mujer trans negra, con respaldo popular y legitimidad democrática, haya llegado a un espacio históricamente reservado para las voces aceptables del poder.

La furia conservadora no nace de una defensa del feminismo. Nace del miedo a perder el monopolio sobre la definición de mujer y sobre el control de las instituciones.

El odio se volvió espectáculo político

La violencia contra Erika Hilton no quedó reducida al plano discursivo. El 18 de marzo, la diputada estadual Fabiana Bolsonaro, del PL, fue acusada de realizar blackface en la tribuna de la Asamblea Legislativa de São Paulo mientras atacaba la elección de Hilton. El acto no sólo fue señalado por su carga racista, sino también por su evidente dimensión transfóbica y humillante.

El episodio provocó indignación pública, denuncias y exigencias de consecuencias éticas y legales. No fue una “provocación” aislada. Fue un mensaje político brutal: cuando una mujer trans accede a una posición de poder, una parte de la extrema derecha responde con violencia performática, desprecio racial y degradación pública.

Y como ya se ha vuelto costumbre en nuestras democracias mediáticas deterioradas, la transfobia también encontró eco en la televisión. El conductor Ratinho cuestionó en cadena nacional la identidad de género de Erika Hilton, y el Ministerio Público Federal promovió una acción civil pública contra él y contra SBT, señalando que negar la identidad de una mujer trans constituye una forma de violencia simbólica y discriminación.

Lo importante aquí no es sólo el caso concreto. Lo importante es el patrón: cuando las personas trans avanzan en representación política, el conservadurismo activa sus aparatos parlamentarios, mediáticos y culturales para volver a colocarlas en el lugar de la humillación.

Brasil, poder trans y violencia estructural

La elección de Erika Hilton no ocurre en un vacío. Ocurre en uno de los contextos más violentos del mundo para las personas trans y travestis.

Brasil continúa siendo el país que más asesina personas trans y travestis en el planeta, con 80 asesinatos registrados en 2025, según datos retomados por la prensa brasileña a partir del dossier de la ANTRA. Aunque la cifra presenta una reducción respecto del año anterior, el dato sigue siendo devastador: el país permanece en esa posición desde hace casi dos décadas.

Esto obliga a leer el ascenso político de Hilton desde una perspectiva mucho más amplia. No estamos frente a una anécdota parlamentaria ni ante un gesto meramente simbólico de diversidad. Estamos frente a una disputa real por el poder en un país donde ser trans todavía significa exponerse a exclusión, pobreza, odio social y riesgo de muerte.

Por eso su llegada a la presidencia de la Comisión de la Mujer tiene una fuerza tan grande. Porque irrumpe en una estructura marcada por la violencia y la exclusión, y porque demuestra que las personas trans no sólo resisten: también gobiernan, legislan, fiscalizan y transforman.

Lo que se defiende no es a “las mujeres”: se defiende un privilegio

Hay algo profundamente revelador en esta ofensiva conservadora. Quienes hoy dicen hablar en nombre de “las mujeres” no están defendiendo los derechos de todas. Están defendiendo una frontera de exclusión. Quieren una categoría mujer vigilada, cerrada, biológica y políticamente obediente.

Esa no es una defensa de las mujeres. Es una defensa del privilegio.

La llegada de Erika Hilton a ese cargo incomoda porque rompe el guion. Porque muestra que una mujer trans puede no sólo existir en la política, sino conducir agendas, disputar presupuesto, señalar violencias y presidir espacios institucionales centrales. Y eso desordena una lógica de poder que durante demasiado tiempo ha decidido quién merece ser escuchada y quién debe permanecer al margen.

Erika Hilton no borra a nadie. Lo que borra es la comodidad de quienes siempre hablaron por todas sin representar a todas.

Brasil hoy: una democracia en disputa

Lo verdaderamente incendiario no es que una mujer trans presida una comisión legislativa sobre derechos de las mujeres. Lo verdaderamente incendiario es la reacción de quienes están dispuestos a normalizar transfobia, racismo y violencia mediática con tal de impedir que los cuerpos históricamente expulsados entren de lleno en las instituciones.

Brasil está mostrando, una vez más, que la democracia no se mide sólo por elecciones, sino por quién puede ejercer el poder sin ser deshumanizada en el proceso.

La elección de Erika Hilton es importante porque amplía esa democracia. Y justamente por eso desata tanta rabia. Cuando los márgenes entran al centro, el privilegio se siente amenazado. Cuando una mujer trans negra preside la Comisión de la Mujer, lo que tiembla no es el feminismo: tiembla el pacto conservador que durante años administró la exclusión como si fuera sentido común.

La presidencia de Erika Hilton en la Comisión de Defensa de los Derechos de la Mujer no es un accidente ni una concesión. Es una conquista política en medio de un escenario hostil. Y también es una advertencia para la derecha: ya no basta con intentar borrar a las personas trans del discurso público cuando las personas trans están ocupando el lugar desde donde se toman decisiones.

Porque cuando una mujer trans llega al poder, no sólo cambia un nombre en una oficina. Cambia el mapa de lo posible.

Fuentes
• El País
• Câmara dos Deputados de Brasil
• Agência Brasil
• Ministério Público Federal
• ANTRA

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Por admin

Es una mujer transgenero Activista social, ambientalista, política y periodista digital mexicana, actualmente laborando como voluntaria en diversas organizaciones de caridad en Canadá apoyando migrantes y personas LGBTIQ+.

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