Sheinbaum revienta el discurso de la derecha y desnuda la farsa del “libre mercado” de Milei
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, lanzó un golpe político directo al corazón del discurso neoliberal al cuestionar públicamente esa palabra que la derecha repite como si fuera sagrada: “libertad”. Pero no cualquier libertad. No la libertad de los pueblos para vivir con dignidad. No la libertad de las mujeres, de las disidencias, de las personas trabajadoras, de quienes cargan sobre el cuerpo la violencia económica de un sistema excluyente. Habló de la “libertad” de las élites: esa que exige mercado sin límites, Estado ausente y derechos convertidos en mercancía.
Al poner sobre la mesa el caso de Argentina bajo Javier Milei, Sheinbaum hizo algo que incomoda profundamente a la ultraderecha continental: desenmascaró el fraude ideológico del libertarianismo de escaparate. Porque detrás de sus discursos grandilocuentes no hay emancipación popular, ni justicia, ni prosperidad compartida. Hay ajuste, crueldad social, desprecio por lo público y una guerra abierta contra quienes menos tienen.
La derecha habla de libertad mientras condena a millones a elegir entre comer o pagar renta. Habla de libertad mientras recorta derechos, debilita instituciones públicas y glorifica un mercado que jamás ha sido neutral. El mercado tiene dueños. Tiene jerarquías. Tiene vencedores y víctimas. Y casi siempre las víctimas son las mismas: la clase trabajadora, las mujeres pobres, las personas racializadas, las poblaciones migrantes, las comunidades indígenas, las personas trans, travestis y no binarias, y todos los sectores que el capitalismo considera prescindibles.
Eso es lo que Sheinbaum puso en evidencia al contrastar el desempeño económico de México con el desastre argentino. No se trató solo de una comparación de cifras o monedas. Fue una disputa política por el sentido de las palabras. Porque la ultraderecha se ha especializado en secuestrar conceptos nobles para vaciarlos de contenido. Llaman “libertad” al despojo. Llaman “modernización” al recorte. Llaman “orden” a la represión. Llaman “mérito” a privilegios heredados. Y llaman “exceso de Estado” a cualquier intento de redistribuir riqueza o proteger a las mayorías.
Pero hay una verdad que no pueden maquillar con propaganda: no existe libertad real en una sociedad donde la mayoría vive con miedo, precariedad y abandono. No es libertad cuando la salud depende del dinero. No es libertad cuando estudiar se vuelve un lujo. No es libertad cuando el salario no alcanza. No es libertad cuando el Estado se retira y deja el territorio libre para el abuso empresarial, la especulación financiera y la violencia social. Eso no es libertad. Eso es barbarie administrada.
El modelo de Javier Milei ha sido celebrado por sectores conservadores que sueñan con desmontar todo pacto social en nombre de la eficiencia. Pero lo que venden como valentía económica no es más que una versión brutal del viejo dogma neoliberal: castigar a las mayorías para blindar privilegios arriba. Y cuando ese modelo fracasa o genera sufrimiento, culpan a la gente por no “adaptarse”, como si la pobreza fuera una falla moral y no una consecuencia estructural de políticas deliberadas.
Por eso el señalamiento de Sheinbaum no es menor. En una región marcada por desigualdades históricas, decir que los derechos sociales también son libertad es una forma de confrontar el núcleo del proyecto reaccionario. Porque la libertad verdadera no consiste en dejar que los poderosos hagan lo que quieran. La libertad verdadera consiste en que todas las personas puedan vivir, decidir y existir con dignidad.
Hoy América Latina no enfrenta solo una disputa económica. Enfrenta una batalla ética, política y civilizatoria. De un lado, quienes creen que la vida debe organizarse alrededor del lucro, aunque eso implique hambre, odio y exclusión. Del otro, quienes siguen defendiendo que la democracia no puede reducirse al capricho de los mercados y que ningún país será libre mientras sus mayorías sobrevivan en la intemperie.
La derecha grita “libertad” con la boca llena de privilegios. Pero los pueblos ya saben leer entre líneas. Cuando ellos dicen libertad, muchas veces quieren decir impunidad para el poder y abandono para la gente.
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