La Semana Santa no es solamente una tradición religiosa ni una expresión de fe privada. También es un poderoso dispositivo cultural, moral y político que sigue moldeando conciencias, emociones y conductas desde la infancia. En México, donde el Censo 2020 registró que 77.7% de la población se declara católica, el peso de estas narrativas no es marginal: atraviesa la familia, la escuela, el espacio público y buena parte de la moral social dominante. 

Por eso el debate no podemos reducirlo a “respetar creencias”. Toda creencia que pretende imponerse como verdad absoluta, intervenir en la vida pública y disciplinar cuerpos,sexualidades, deseos e identidades debe ser cuestionada. Y eso es exactamente lo que ocurre con buena parte de la tradición cristiana institucionalizada durante la Semana Santa: no solo transmite símbolos religiosos, también reproduce obediencia, culpa, miedo, sacrificio, castigo y una falsa superioridad moral presentada como virtud, la cual casi nunca aplican sus líderes religiosos.

Desde la sociología, la religión no opera solo como una experiencia espiritual individual. También funciona como un sistema de cohesión social que define lo permitido y lo prohibido, lo puro y lo impuro, lo correcto y lo desviado. Ahí radica justamente su enorme poder: no solo ofrece sentido, también construye jerarquías morales sobre la vida cotidiana. Émile Durkheim entendía la religión como un sistema de creencias y prácticas que integra a las personas en una misma comunidad moral; dicho de otro modo, no solo une, también norma. 

Y cuando esa “comunidad moral” se vuelve incuestionable, aparece el riesgo más grave: la naturalización del adoctrinamiento. Se acostumbra a niñas y niños a relacionarse con el sufrimiento como redención, con la obediencia como virtud, con el deseo como culpa y con la diferencia como amenaza. Ese es el corazón del problema. No estamos hablando de simples escenificaciones culturales, sino de la repetición masiva de relatos que muchas veces enseñan a temer antes que a pensar, a someterse antes que a cuestionar, y a callar antes que a ejercer autonomía.

Lo peligroso de instaurar esa moralidad desde edades tempranas es que no se queda en el terreno de la religión: se traslada a la política, a la sexualidad, a la educación, a la familia y al derecho. De ahí nacen las cruzadas contra el aborto, el rechazo a la educación sexual integral, la patologización de las identidades LGBTIQ+ y el control histórico sobre el cuerpo de las mujeres. Esa moral no solo juzga; administra vergüenza, disciplina el comportamiento y castiga a quien no encaja.

Mientras sectores conservadores llaman “ideología” a la educación sexual integral, la UNESCO sostiene que ésta ofrece bases técnicas y evidencia para dotar a niñas, niños y jóvenes de conocimientos y herramientas para proteger su bienestar, su dignidad y sus derechos. Es decir: mientras una formación busca autonomía informada, la otra históricamente ha operado muchas veces a través del silenciamiento, la culpa y el temor. 

Desde la filosofía crítica, Michel Foucault resulta clave para entender este mecanismo. Su análisis de la sexualidad moderna muestra cómo muchas formas de vigilancia y disciplina de los cuerpos heredaron técnicas de control asociadas al examen moral, la confesión y la regulación del deseo. No se trata únicamente de fe, sino de formas de poder que producen sujetos obedientes, culpables y permanentemente vigilados. 

También hace falta precisión histórica. El Concilio de Nicea, convocado en el año 325, no “inventó” por completo el cristianismo, pero sí fue un momento decisivo de institucionalización doctrinal y fortalecimiento del poder eclesiástico. Ahí se intentó ordenar disputas internas, fijar criterios comunes y robustecer la autoridad de la Iglesia sobre la interpretación legítima de la fe. Britannica señala además que el concilio intentó establecer una fecha uniforme para la Pascua, aunque no logró resolverla plenamente en ese momento. 

Ese punto importa porque desmonta la idea de que toda la tradición llegó intacta, pura e intocable desde un origen sagrado. No: muchas de sus formas actuales son construcciones históricas, institucionales y políticas. Han sido moldeadas por decisiones de poder, por jerarquías y por disputas de autoridad. Y aun así, siguen presentándose como si fueran verdad eterna, superior e indiscutible.

El problema se vuelve todavía más serio cuando ese aparato moral se inocula desde la niñez mediante procesiones, dramatizaciones, castigos simbólicos, narrativas de martirio y discursos sobre pecado. Porque una infancia educada bajo culpa aprende pronto a desconfiar de sí misma. Aprende que pensar diferente puede ser pecado. Aprende que el cuerpo debe ser vigilado. Aprende que el placer debe reprimirse. Aprende que obedecer vale más que comprender. Y una sociedad que normaliza eso produce ciudadanía dócil, no ciudadanía crítica.

Por eso urge decirlo con claridad: el adoctrinamiento religioso infantil no debe romantizarse como simple “tradición”. Cuando una tradición enseña miedo, culpa y subordinación, deja de ser inocente. Cuando una moral pretende decidir sobre los cuerpos ajenos, deja de ser espiritualidad y se convierte en dominación. Cuando una religión reclama autoridad sobre la sexualidad, el aborto, las mujeres o las personas LGBTIQ+, ya no está hablando solo de fe: está disputando poder sobre la vida de los demás.

Lo verdaderamente alarmante no es que se critique este modelo. Lo verdaderamente alarmante es que se haya vuelto tan normal que millones lo reproduzcan sin siquiera verlo. Que se llame “valores” a lo que muchas veces ha sido control. Que se llame “tradición” a lo que muchas veces ha sido imposición. Que se llame “verdad” a lo que históricamente también ha servido para excluir, censurar, castigar y domesticar.

Abrir los ojos frente a eso no es intolerancia. Es un acto de salud democrática, de pensamiento crítico y de defensa de la libertad. Porque ninguna sociedad será realmente libre mientras siga enseñando a sus infancias a obedecer primero y a pensar después.

Referencias

Encyclopaedia Britannica. (s. f.). First Council of Nicaea. Britannica. Recuperado el 4 de abril de 2026, de 

Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2021). Panorama de las religiones en México 2020. INEGI. 

Oksala, J. (2022). Michel Foucault. En E. N. Zalta (Ed.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy. Stanford University. 

UNESCO. (2019). International technical guidance on sexuality education: An evidence-informed approach. UNESCO. Actualizado el 6 de diciembre de 2024. 

UNESCO. (2026). Comprehensive sexuality education. UNESCO.

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Por Jazz Bustamante H.

Es una mujer transgenero,Activista social, ambientalista, política y periodista digital mexicana, actualmente laborando como voluntaria en diversas organizaciones de caridad en Canadá apoyando migrantes y personas LGBTIQ+.

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